¡Evite fraudes! ¡Deje todo por escrito!

Cuando era pequeño, cada vez que debía recordar algo mi padre me decía «¡anótalo!», a lo que yo respondía «¿para qué? no se me olvida». Su respuesta siempre era «más vale la más pálida tinta a la más brillante memoria». Debo reconocer que, aunque no soy un gran fan de los refranes y otros dichos de sabiduría popular, mi querido padre sí que tenía mucha razón.

Me jacto de tener una muy buena memoria, algo muy útil en esta profesión, pero definitivamente no es la más brillante, a todos se nos puede escapar algún detalle, y por eso es buena idea dejar notas. En la actualidad, además, no hay pretexto, ya que si no tenemos lápiz y papel, tenemos nuestras computadoras, nuestras tabletas, nuestros teléfonos o relojes «inteligentes», y sea cual sea el gadget o la app que se pondrá de moda este mes.

No cabe duda de que la invención de la escritura es una de nuestras obras maestras como seres humanos. Nos permite dejar a la posteridad novelas, cuentos, teatro, música, la ley, recetas de cocina, nuestros pensamientos… primero en piedra, madera y barro, después en papiro, pergamino y papel, y ahora en blogs y redes sociales (cuya tinta no es precisamente la más pálida).

Actualmente dejamos esta clase de registros digitales con mucha facilidad en nuestros dispositivos electrónicos o en una nube que, si bien no podemos ver, sabemos que la información está ahí y podemos consultarla cuando queramos, salvo que ocurriera alguna catástrofe en el internet. Y, sin embargo, olvidamos hacer uso de la escritura para las cosas más importantes, como cuidar nuestro patrimonio.

Probablemente tanto por la cuestión de la memoria como por la de evitar que las personas se desentiendan de sus obligaciones, los registros más antiguos de escritura de los que tenemos noticia no son ni leyes ni obras de arte, sino precisamente registros de transacciones comerciales. Pregúntese lo siguiente: ¿le prestaría una cantidad importante de dinero, o algo muy valioso, a un extraño sin una garantía de cualquier clase, como un pagaré? Seguramente que no. Nos gusta decir que creemos en la bondad y en la honestidad de las personas, pero cuando alguien hace una promesa de palabra es más fácil que la «olvide» si así le conviene.

La ley exige que determinados contratos, como la compraventa de inmuebles, queden por escrito en instrumentos públicos, como las actas y escrituras de los Notarios o las pólizas de los Corredores Públicos (incluso ordena que se inscriban en el Registro Público de la Propiedad y del Comercio), precisamente porque el Estado lo considera necesario. Pero aún si la ley no exige esa forma para otro tipo de actos, es aconsejable que toda operación que realicemos quede registrada en algún lado, de preferencia por escrito.

Para ciertas operaciones de contado basta con tener un ticket de compra o la factura, con lo que después podría reclamar la garantía del producto si es que resulta defectuoso. En este caso, por ejemplo, no hace falta formalizar ante un fedatario un contrato con cincuenta cláusulas. Pero si la venta es a crédito, el vendedor le exigirá algo a cambio.

Hacemos esto todos los días. Cuando pagamos con una tarjeta de crédito, debemos firmar un voucher, que no es otra cosa que un pagaré. Si compramos una casa y no tenemos el dinero de contado, no sólo deberá firmarse el contrato de compraventa ante Notario, sino que el banco que nos prestará el dinero nos exigirá firmar en la misma escritura hipoteca, para que si no le pagamos, se cobre con la casa. Difícilmente uno podría comprar algo a crédito a un desconocido sin esta clase de garantías, pero no ocurre lo mismo con amigos y parientes.

Es muy frecuente que las personas presten cosas o incluso dinero sin dejar un registro. Probablemente porque confían en la persona, sea porque es un amigo muy cercano, un familiar o sencillamente porque están seguros de que la persona no faltará a su palabra.

La siguiente pregunta que debe hacerse es… ¿qué hace diferente a mi amigo, vecino, o familiar de las demás personas?

En mi experiencia (y eso que me considero un hombre joven), no hay ninguna diferencia. Son seres humanos susceptibles de caer en la tentación de aprovecharse de una situación de riesgo que generamos nosotros mismos al no dejar un registro de nuestras transacciones. Aún si nos nos une un lazo de sangre o afectivo (y quizá precisamente por eso), podrían sentirse con la confianza de quedarnos mal, al cabo no vamos a dejar de estimarlos, no nos vamos a pelear por eso (o eso nos gusta pensar), pero en la realidad eso genera resentimiento, en el mejor de los casos, y un daño irreparable a la relación que podría derivar en violencia, en el peor.

Es abrumadora la cantidad de casos en que me piden ayuda para reclamar dinero, un objeto, o un derecho; a un pariente o a un «amigo» en quien confiaron y por eso no dejaron nada por escrito, o en video, o al menos en audio, siendo que tenemos la capacidad de dejar esa clase de registro sin mayor problema con nuestro teléfono.

Otra situación muy frecuente es la ausencia de recibos de pago. No sólo quien vende algo o presta dinero está expuesto a un abuso por parte del deudor, también quien paga y no exige un recibo se expone a que su acreedor le cobre de más o a que no le devuelva un producto defectuoso. ¿Recuerda el ejemplo de la garantía de la tienda? El ticket, la factura, el recibo por la renta o por el pago de una deuda podrían salvarlo.

A veces esto deriva de un esfuerzo por no ofender a la otra persona: «¿Cómo le voy a exigir un pagaré, si es mi hermano / primo / sobrino?» «¿Cómo le voy a exigir un recibo a mi amigo? Va a creer que no confío en él».

El problema es que si no hay registro y no hubo testigos, es muy difícil probar que existió el contrato en primer lugar, para poder exigir el cumplimiento a la contraparte. Si usted es el acreedor y no hubo pagaré, su deudor podría no pagarle nunca. Y si usted es el deudor y sí hubo pagaré pero no recibos, podrían demandarlo por algo que usted tal vez ya pagó.

Esto, además, podría salvar la relación, no destruirla. Otra vez, aunque no me gusten: «cuentas claras, amistades largas». Cuando se trata de algo importante como nuestro patrimonio o nuestros derechos, ser desconfiado no nos convierte en malas personas, sólo nos hace personas precavidas.

La próxima vez que preste dinero o pague una deuda, exija que todo quede por escrito. Si la otra persona, por más cercana que sea, le pregunta «¿Acaso no confías en mí?» simplemente responda con amabilidad lo siguiente: «Confío en tí, pero tengo la costumbre de dejar todo por escrito para llevar el registro de mis finanzas personales». Así evita ofender a alguien. Si la otra persona insiste, dígale: «Si de todas formas me vas a pagar, no veo el problema, cuando me pagues te doy un recibo». Si no accede, esa persona es la que lo ofende a usted, porque lo que quiere es dejarse abierta la opción de «olvidar» el acuerdo cuando le convenga, defraudarlo, verle la cara pues.

¡No deje que a nadie se le olviden sus tratos con usted, déjelo todo por escrito! Es cierto que alguien que no tenga intenciones de pagar igual no lo hará fácilmente con todo y el papel, pero será infinitamente más fácil demandarlo si hubo registro de la operación. De igual forma, con recibos de pago, quien quiera pasarse de listo y cobrarle de más, se lo va a pensar dos veces antes de intentarlo, y si aún así decide hacerlo será más fácil que usted se pueda defender.

Por Rafael A. Anzures